Reconcilio (202X)
68cm x 96cm x 20cm
En una lectura de 1961, Heidegger, tras hablar del ser auténtico (Dasein), fue interrogado sobre si podía ofrecer un ejemplo de una acción cotidiana que nos permitiera recuperar esa autenticidad. Respondió, con una sencillez inquietante, que bastaría con intentar pasar más tiempo en los cementerios.
Este proyecto se articula en torno a dos ejes principales.
El primero aborda las implicaciones físicas y psicológicas de atravesar una experiencia intensa con el concepto de la muerte, pues está comprobado que puede transformar nuestra manera de percibir la realidad. El psicoanalista Jacques Lacan reflexionó sobre los efectos de este tipo de experiencias a partir de la noción de “lo Real”: no es el acontecimiento en sí lo que resulta determinante, sino la huella que deja en la psique. Un sentimiento de asombro profundo (awe) puede producir un efecto similar: encontrarse en la cima de una montaña o en medio de la noche, lejos de toda contaminación lumínica, contemplando la Vía Láctea en su esplendor. En esos momentos se desplaza nuestra perspectiva y, con ella, la percepción de nuestra propia agencia en el mundo.
El segundo eje parte de un análisis lingüístico. Existen evidencias de un bagaje lingüístico-cultural que otorga una connotación negativa a todo aquello relacionado con la muerte. Se trata de un modo de pensamiento que arrastramos, en parte, desde que Descartes formuló su razonamiento en términos de oposiciones binarias: la tendencia a asumir que un término posee mayor valor que su contraparte. En este caso, esa lógica nos priva de una reflexión más amplia sobre el ser, al negarnos la relación intrínseca entre vida y muerte, cuando en realidad ambas se definen mutuamente.
El proyecto consiste en una o múltiples esculturas de lápidas estilizadas, recubiertas en la superficie con espejo.
La instalación configura un espacio de distancia entre el espectador y la lápida: un punto de encuentro que propicia la apropiación en el instante en que el sujeto descubre su propio reflejo en el significante. En ese gesto, el espectador se ve confrontado con un símbolo de alto impacto lingüístico y estético. La lápida abandona su condición de anonimato y se transforma en la lápida del propio espectador.
68cm x 96cm x 20cm
En una lectura de 1961, Heidegger, tras hablar del ser auténtico (Dasein), fue interrogado sobre si podía ofrecer un ejemplo de una acción cotidiana que nos permitiera recuperar esa autenticidad. Respondió, con una sencillez inquietante, que bastaría con intentar pasar más tiempo en los cementerios.
Este proyecto se articula en torno a dos ejes principales.
El primero aborda las implicaciones físicas y psicológicas de atravesar una experiencia intensa con el concepto de la muerte, pues está comprobado que puede transformar nuestra manera de percibir la realidad. El psicoanalista Jacques Lacan reflexionó sobre los efectos de este tipo de experiencias a partir de la noción de “lo Real”: no es el acontecimiento en sí lo que resulta determinante, sino la huella que deja en la psique. Un sentimiento de asombro profundo (awe) puede producir un efecto similar: encontrarse en la cima de una montaña o en medio de la noche, lejos de toda contaminación lumínica, contemplando la Vía Láctea en su esplendor. En esos momentos se desplaza nuestra perspectiva y, con ella, la percepción de nuestra propia agencia en el mundo.
El segundo eje parte de un análisis lingüístico. Existen evidencias de un bagaje lingüístico-cultural que otorga una connotación negativa a todo aquello relacionado con la muerte. Se trata de un modo de pensamiento que arrastramos, en parte, desde que Descartes formuló su razonamiento en términos de oposiciones binarias: la tendencia a asumir que un término posee mayor valor que su contraparte. En este caso, esa lógica nos priva de una reflexión más amplia sobre el ser, al negarnos la relación intrínseca entre vida y muerte, cuando en realidad ambas se definen mutuamente.
El proyecto consiste en una o múltiples esculturas de lápidas estilizadas, recubiertas en la superficie con espejo.
La instalación configura un espacio de distancia entre el espectador y la lápida: un punto de encuentro que propicia la apropiación en el instante en que el sujeto descubre su propio reflejo en el significante. En ese gesto, el espectador se ve confrontado con un símbolo de alto impacto lingüístico y estético. La lápida abandona su condición de anonimato y se transforma en la lápida del propio espectador.
